Por Antonio Quirarte.
Hubo una época, no tan lejana, en la que muchos creímos que el teléfono celular dentro del aula sería una herramienta valiosa para enseñar mejor y aprender más. La promesa sonaba lógica, acceso inmediato a información, apps educativas, ejercicios personalizados, comunicación fluida. Pasaron los años, y hoy, al menos desde mi perspectiva, lo que quedó no fue una revolución pedagógica, sino una distracción permanente, una fuga silenciosa de tiempo y atención, y una erosión constante de cosas que la escuela debería proteger con uñas y dientes: la convivencia, las habilidades socioemocionales y, sobre todo, la imaginación.
En el recreo, en la fila, en el pasillo, en los minutos muertos antes de que empiece la clase, existía un territorio fértil para lo humano. Ahí se negociaba, se hacía amistad, se discutía, se perdía y se ganaba, se aprendía a leer caras, a sostener una broma, a pedir perdón, a defender un límite sin violencia. Ahí nacían las soft skills, como la comunicación, la colaboración, el autocontrol, la empatía y la resiliencia.Ahora, cuando ese territorio lo ocupa el scroll infinito, lo que desaparece no es solo “tiempo libre”, desaparecen también valiosas micro experiencias de socialización que forman carácter. Y lo peor es que se van sin hacer ruido, porque nadie siente la ausencia de algo que ya no ocurre.

Antes, parte del tiempo que hoy se va en el dedo que sube y sube, se iba en imaginar, en inventar historias, en jugar con reglas nuevas, en mirar el techo y construir un mundo nuevo, en ensayar conversaciones futuras, en recordar el pasado y reinterpretarlo.
Esa capacidad de visualizar es un músculo. Sirve para crear algo, ya sea tangible o intangible, sirve para reflexionar sobre lo vivido, sirve para proyectarse hacia adelante. De esas visualizaciones nacen deseos, y de los deseos nacen metas, y de las metas nace una energía interna que luego se convierte en pasión por lograr algo.
Percibo, en muchas generaciones jóvenes, una escasez de pasión debido a que hay menos espacio mental para soñar con calma, y cuando la mente está ocupada, saturada, embobada por estímulos infinitos, la imaginación llega tarde, o ni siquiera llega.
El activo más valioso de una persona creadora es el tiempo. Tiempo para imaginar, intentar, fallar, reconstruir, aburrirse, pensar, conectar ideas. Pero las redes sociales, diseñadas para retener atención, compiten exactamente contra eso. Transforman a chicos y grandes, casi siempre, en consumidores pasivos en lugar de creadores activos.
Y aquí hay una trampa cultural, creemos que por estar “conectados” estamos “aprendiendo”, cuando muchas veces solo estamos reaccionando, quizás por esto es que en los últimos años han empezado a surgir acciones concretas para restringir o prohibir teléfonos en escuelas. No es un movimiento perfecto, ni uniforme, pero es un síntoma claro de que algo no estaba funcionando, algo que esta frase de Carlos Scolari lo resume muy bien: “sacamos el celular de la escuela, porque no supimos meter la escuela al celular”.
Acciones concretas de algunos países.
- Francia aprobó una ley que prohíbe el acceso a redes sociales a menores de 15 años y restringe el uso de celulares en colegios, con el objetivo de reducir riesgos como el ciberacoso y la exposición a contenidos dañinos. (Infobae)
- Países Bajos prohibió desde enero de 2024 el uso de celulares y otros dispositivos electrónicos en las aulas de secundaria y primaria, con excepciones pedagógicas o médicas. Tras la medida, escuelas reportaron mayor concentración y mejor convivencia entre estudiantes. (Proceso)
- Dinamarca anunció que avanzará hacia la prohibición legal de teléfonos móviles en escuelas y clubes extraescolares, siguiendo la recomendación de una comisión sobre bienestar infantil. La medida buscaría impedir que estudiantes de 7 a 17 años lleven sus móviles al centro educativo, con posibles excepciones específicas. (Phone locker)
- Finlandia aprobó una ley que restringe significativamente el uso de teléfonos móviles durante la jornada escolar, que entrará en vigor el 1 de agosto de 2025. Bajo la normativa, los estudiantes solo podrán utilizar sus dispositivos en clase si los docentes lo autorizan por razones educativas o de salud, y el personal escolar puede retirarlos si interfieren con el aprendizaje. (Euro news)

Suecia decidió reducir el tiempo frente a pantallas en la escuela y potenciar la lectura con libros impresos, tras años de digitalización que, según autoridades y estudios, afectaron la comprensión y habilidades básicas de los estudiantes. El gobierno ha invertido millones de euros para reintroducir textos físicos en las aulas y fomentar métodos tradicionales que fortalezcan la lectura, la escritura y la concentración.(infobae)
Esto no soluciona automáticamente el problema, porque el tema no es solo el aparato, es el potente imán de atención que traemos en el bolsillo. Pero sí cambia el contexto, y la escuela, al menos durante algunas horas, recupera la posibilidad de ser un espacio distinto al resto del mundo.
Más allá del debate público, el mensaje es potente, un país muy digital reconoce que, para ciertos aprendizajes básicos, el papel, la lectura profunda y la escritura a mano siguen siendo herramientas centrales.
Hace unos días me topé con este nuevo libro que recomiendo ampliamente: “The Digital Delusion” del Dr. Jared Cooney Horvath, un ameno tratado, con datos duros, sobre el impacto e implicaciones del tiempo de pantalla y de las aplicaciones educativas en los niños. Mira esta parte de su participación en el Senado de los EEUU.
Ojo, esto no es una cruzada anti tecnología y menos viniendo de quien suscribe. Soy testigo de que la tecnología puede ser maravillosa cuando está al servicio de una intención clara, de una actividad con propósito o de una creación auténtica. El problema es cuando el celular entra a la escuela no como herramienta, sino como presencia dominante, como escape constante, como sustituto del vacío, del silencio, del aburrimiento fértil, porque el aburrimiento, cuando es bien acompañado, es un taller de imaginación.
Al final, lo más importante en la vida de un ser humano es el tiempo. Y hoy, una porción grande de esa vida se nos va en pantallas que no nos devuelven lo que nos quitan. Ayudemos a nuestras niñas y niños a recuperar la vida, recuperando su atención, su convivencia, su capacidad de imaginar, y su derecho a construir sueños propios antes de que un algoritmo se los construya por ellos.
